domingo, 19 de septiembre de 2010

LA NOVELA DE VALERIA II


Veo que por insistencia del productor, el manager intenta abrir la puerta. Ambos atentaban contra el derecho a la privacidad e invadiendo propiedad privada. André, podría ser el manager o dueño de los inmuebles, pero eso no le daba el derecho a propasarse.
-          ¿Se puede saber qué está haciendo señor Andrés? – escuchan mi voz. Ambos voltean sorprendidos que alguien estuviera despierto tan tarde.
-          ¿Señora Juliana qué hace a estas horas en la calle? – su voz suena nerviosa y esconde el manojo de llaves detrás de su cintura. No me importa tener el rostro enrojecido, era de noche y no se darían cuenta que minutos antes había llorado como Maria Magdalena. Valeria ya no era mi vecina ni mi mejor amiga. Esta misma noche dio el gran salto, ahora era la pareja de mi hijo y desde que la conocí prometí que la protegería y no me importaba los peligros a los que tuviera que enfrentar.
El hombre elegante, buen mozo y de buen porte me mira de pies a cabeza cuando me tienen a menos de un metro.
-           ¿Me parece o estaba intentando abrir la puerta a la fuerza? – ambos se miran por unos segundos.
-         Verá señora Juliana, el señor Gerard Taylor fue quien compró el departamento para su gran amiga Valeria.
-          Pero eso no le da la autoridad para aparecer a altas horas de la noche e intentar ingresar a la fuerza. Vi cuando Valeria les cerró la puerta y ambos están cruzando un límite que es penado por la policía – mi mirada esta clavada en el hombre buen mozo que también me mira como si tratara de recordar dónde me había visto antes.
-         Creo que hubo un pequeño error señora y si usted considera que así fue, ruego me disculpe – la voz de André suena fofa, baja los dos escalones cruza por mi lado con una sonrisa forzada aprovechando para guardar las llaves en su bolsillo trasero. Gerard se queda solo en la puerta sin saber qué hacer, pero al verme que extraigo mi celular de mi bolso sigue los pasos de André y se dirige a su auto. Antes de subir me da una última mirada como para no olvidar mi rostro.
Al ver que su auto volteaba en la esquina apresuro el paso y abro la puerta de Valeria con la copia que un día me la dio por si algún día pasaba una emergencia.
Al abrir la puerta escucho que pega un grito. Su llanto se agudiza y logra reconocerme cuando se disponía marcar al 911.
Se levanta del sillón y corre a abrazarme con los ojos llorosos y ambas terminamos en un lloriqueo mutuo. Ella lloraba por la aparecían del padre de su hijo y yo por los diez mil dólares que Leonardo recibió para hacerme infeliz por más de veinticinco años.

Ambas despertamos en el sofá donde nos habíamos quedado dormidas.  Valeria tiene el cabello alborotado y difícilmente puedo ver su rostro y yo ni que hablar, mis lágrimas habían humedecido mi pelo que esta pegado a mis mejillas y pestañas.
Después de unos segundos tratando de recuperar el glamour de mujeres nos echamos a reír. La abrazo fuertemente y ella recuesta su cabeza sobre mi pecho.
Otra vez estábamos juntas.
-         El regresará – se atreve a hablar -. Todo lo que tengo le sigue perteneciendo, me lo dijo cuando apareció en la puerta con André.
-         Te quedas conmigo – trato de animarla -. Mi sala quiere un poco de vida y tus fotos espontáneas le darán ese carisma que necesita.
-          Las fotos – aparece un sonrisa en su rostro -. Hace tiempo que había dejado de tomarlas desde que te conocí.
Pasado el media día tenia la mayoría de sus cosas en mi departamento. Ambas olvidamos por unas horas los problemas o las escenas vividas la noche anterior.
-         La esposa de Gerard otra vez le dio una mujercita – retoma el tema cuando preparábamos algo de comer en la cocina -. Todo el tiempo estuvo siguiéndome, incluso conversaba con el doctor que me atendía en la clínica, quien le confirmó que yo esperaba un niño.
-         Pero eso atentar contra la privacidad de la mujer.
-         No cuando la amistad es afianzada con una buena donación para la lucha contra el cáncer. Siempre estuvo pendiente de mí y no debería extrañar si también contactó al manager del Starbucks donde trabajaba – suelta una risa forzada -. Te imaginas Juliana me trataba como si fuera una terrorista a quien se necesita seguir todo el tiempo. Saber dónde compra sus alimentos, qué lugares nocturnos visita, quienes son sus amigos, que bebe a qué dedica la mayor parte de su tiempo.
-         Pero me extrañó que me mirara como si recién me conociera.
-        Con André sabía que yo estaría bien, pero nunca imaginó que tú aparecerías en mi camino. Pero mi temor es que Esteban pierda su trabajo por mi culpa.
-         ¿Por qué dices eso?
-         Gerard es el dueño de la compañía donde Esteban trabaja.
Ahora comprendía todo el asunto de ellos, el por qué mi hijo siempre evitó contarme sobre la relación. Nunca quiso decirme el nombre de Gerard y Bruno nunca cumplió su promesa de averiguar quien era el padre del niño que Valeria llevaba en el vientre.
Al poco rato termina de contar toda la historia desde que vivió en la casa de Gerard hasta su llegada a Dallas. Los contactos de ese productor de cine, sus relaciones con muchos políticos y personajes de la cultura de Dallas me dejaron con la boca abierta. Sus tentáculos eran mejores que un pulpo y yo como siempre estaba en la luna en este tipo de pormenores.
Pero si hubo un detalle del cual si me percato, si Gerard estaba bien relacionado Bruno debia conocerlo o saber de él y algo me dice que siempre lo supo y callo para no preocuparme.
- Pero dejemos de hablar de mí, ¿ahora cuéntame cómo te fue? – me pregunta llevándose un pedacito de queso a la boca. Los antojos habían empezado en ella y aquel lácteo era uno de sus preferidos.
-         ¿En verdad quieres escucharla? – una sonrisa aparece en su rostro.
-         Sabes que me encantaría. Me gusta cuando me cuentas algo, es como si estuvieras contándome una novela, vives la historia, y no soy tonta como para no darme cuenta que cuando apareciste ayer en el departamento tenías los ojos llorosos, no por mí sino por alguien más, y ese alguien tiene nombre: Leonardo.
No espero que me insista y le cuento lo que ocurrió la noche anterior. Evito llorar, mantengo mi semblante, no era momento para mostrar flaquezas y más ahora que ambas pasábamos por unos momentos nada buenos.

Al día siguiente aparece Bruno en el departamento a primera hora. Le tomo del cuello y lo arrincono contra la pared.
-         ¿Por qué no me dijiste quien realmente era Gerard? – mis ojos le lanzan ráfagas de odio. Nunca me había visto en ese estado. Traga saliva y con un gesto me dice que hablará.
Retiro mis manos de su cuello y regreso al sofá. Bruno me sigue con la mirada y luego con los pies.
-     Quiero la verdad. Nada de medias tintas.
-     Esteban me hizo jurarle que nunca te dijera la verdad.
-     ¿Cómo?
-    Esteban sabía que yo seria la primera persona a quien le contarías el problema de Violeta y a la vez tratarías de averiguar quién era el hombre misterioso. Me arrinconó así como tú lo hiciste, y con sus manos más gruesas casi me ahorca de verdad. En cinco segundos acepté el trato.
-    Y no que te gustaba que te maltrate.
-   Una cosa es hacerlo previo al sexo y otra cuando de verdad te quiere mandar para el otro lado, pero si soy masoquista tu hijo más me excito. Verle sus ojos, sus gestos…
-    Ya entendí, no tienes porque continuar…
-  Gerard esta aquí hace dos semanas. No necesitó esperar a que su esposa diera a luz. Ya sabía que el bebé seria niña y su esperanza se centró en Valeria.
-   Ósea que también estás metido en todo esto. ¡Por Dios! ¿Acaso es un Vito Corleone?
-   Hasta hace unos meses no lo era, pero su desesperación por tener a un heredero le llevo a tomar estas medidas.
-    ¿Y esto no le puede traer consecuencias en su matrimonio?
-    Su esposa es sólo un títere y hará lo que él ordene y a estas alturas debe de estar al tanto del niño que Valeria tiene en su vientre.
-   Y qué es lo que hará entonces, porque Valeria no es un vientre de alquiler. Ella lo quiere tener, pero será suyo no de Gerard.
-     Por eso estoy aquí también.
-     ¿Qué?
-   Gerard fue a verme en la madrugada y quiere llegar a un arreglo económico.
-     Esto debe ser una broma. ¿Tú qué trompeta tocas en este concierto?
-     Muchas mi reina. Sin querer me vi involucrado en este juego sucio.
-   Sabes que te puedo mandar al diablo y cambiar de editor si es que hablo con la editorial.
-   Lo sé, pero no lo harás porque ustedes me necesitan como yo a ustedes. Es un viejo favor que le debo a uno de los amigos de Gerard y al saber que soy tu editor me ubicó y ahora estoy aquí para conversar.
-  No sigas hablando y vete por favor. Quiero pensar que esta conversación nunca existió.
-    Juliana no actúes como una inmadura. No podemos ocultar el sol con un dedo. El problema existe, si lo vemos por el lado bueno, Valeria no esta sola, nos tiene a nosotros.
-    No pluralices, que desde este momento tú estás fuera de toda relación de trabajo conmigo.
-   ¿Mi reina es que aún no comprendes? Si yo no los ayudo a ambas no sólo Valeria perderá a su niño sino que también tu carrera se irá al carajo.
Levanto la mirada, y veo en cada gesto, en cada palabra que Bruno escupió hace unos segundos que no estaba bromeando. Que la verdadera historia de Valeria recién empezaba a escribirse.

sábado, 21 de agosto de 2010

TRATAME SUAVEMENTE...



- ¿Por qué nunca me haces visita espontánea? Una visita que muestre el amor y la preocupación por tu hija mayor – mi madre sigue allí, parada a mitad de la sala con sus vestido largo, su cuello delgado con su rostro esquelético y esa mirada que si disparara veneno ya no continuaría escribiendo esta historia .
¿El motivo de su presencia en el departamento? Necesita dinero para cubrir los gastos en el hospital. Le digo que no tenía que preocuparse, mis hijos se encargarían de todo, pero ella insiste que requiere el dinero.
-     Ahora estarás contenta por todo lo que has ocasionado – lanza sus palabras como flechas ponzoñosas.
-      ¿Qué hablas mamá? – trato de calmarme. Pero estaba claro que todo lo que sucedía a mi alrededor era mi culpa y eso incluía el intento de suicidio de Rafael.
Vuelve a insistir con el dinero, mi madre quería dinero cash, no para ella por supuesto sino para Carmen.
-      Almendra me dijo que llevará a Rafael a su casa y que no regresará con nosotras.
-     ¿Y eso qué me importa a mí? Rafael es su padre y tiene todo el derecho de cuidarlo.
-     Tu hermana es su nueva mujer y es ella quien tiene todos los derechos sobre Rafael.
-     Yo que sepa él sigue siendo mi esposo y no reclamo nada, tampoco lo haré y si Carmen quiere reclamar su derecho de quita maridos que hable con Almendra. Conmigo no tiene nada que platicar – le digo abriendo la puerta de la calle para invitarle a salir. No saben cuanto me dolía ese gesto, pero era la única manera de demostrarles que no podrían conmigo.
Y así fue, Almendra defendió su derecho e impidió que Carmen se lo llevara consigo y lo más doloroso para mi hermana fue saber que Rafael no quiso verla y decidió irse con mi hija a pesar que eso significaba convivir con Christian, el hijo de Leonardo .
Mi hermana armó un escándalo en el hospital que tuvieron que sacarla los hombres de seguridad.
Pero vayamos por partes, cuando Almendra decide llevar a su padre a su casa primero tiene que acondicionar el cuarto de visitas así que dos días antes que Esteban viajara a Los Ángeles mi hija aparece en el departamento con cuatro cajas que logró sacar de mi casa cuando estuve internada en el hospital.
-     Ahora que estás mejor ubicada creo que ya es tiempo que arregles estas cosas entre las que ya tienes.
Y lo curioso es que Almendra viene acompañada de su esposo Christian, un joven muy alto que tiene un aire a Esteban, pero los rasgos y el color de cabello son a los de su madre y ‘la sonrisa’, la que siempre busqué en él y su hermana, no la tenían y aunque ustedes digan que soy presumida, pero sí, siempre me gustó saber que esa ‘maldita sonrisa’ la tenía sólo mi hijo Esteban.
Mi yerno me saluda y evita platicar del tema espinoso que era la futura convivencia con su suegro a quien nunca le cayó bien, pero el amor por mi hija le llevaría a compartir la casa hasta su pronta recuperación, luego Rafael regresaría a su casa más no a la mía o para ser exacta a la casa dónde vive mi madre con Carmen.
Pido a Christian que llevara las cajas a mi cuarto, cuando tuviera tiempo revisaría su contenido, pero ya tenía una idea, cartas de mis lectores, cartas de las editoriales, algunas escritos míos inconclusos de años pasados y libros que mi hija metió en las cajas rápidamente cuando tenía a mi tía a su lado viendo que no se llevara nada perteneciente a Rafael.
Cuando ambos se marchan y me quedo sola en el departamento no me queda otra alternativa que revisar las cajas.
Y allí ando separando todos los libros que alguna vez leí en mi juventud y madurez, reconozco las portadas de algunos que pertenecían a colegas míos de los diferentes países que había visitado. En mi casa ocupaban un lugar privilegiado en la biblioteca particular que poseía, pero que gracias a mi salida apresurada ahora se encontraban en unas simples cajas de cartón.
En la sala hace unas semanas armé una biblioteca pequeña y los libros que encuentro en las cajas encajarían perfectamente en el lugar. Y es en el segundo viaje cuando de uno de ellos se desliza una pequeña hoja que se esconde debajo del sofá.
En un primer momento desisto ver qué era, pero al reconocer la portada de la novela de Bram Stoker: “Drácula” que bien recuerdo la compré cuando aún salía con Leonardo a los tres segundos me encontraba en cuclillas tratando de alcanzar el bendito papel.
Pero si el esfuerzo me cuesta sudor, abrir y leer lo escrito me deja con el corazón suspendido. Las imágenes de una vieja escena vienen a mi cabeza al oler aquel trozo de papel. Mi mente no puede contener tantas emociones. Los recuerdos, aquellos tan amigos como traicioneros me llevan a esos días cuando Leonardo era apenas un adolescente que creía en mi talento de escribir novelas.
-     Si te lo propones sé que lo lograrás – me dijo cuando leyó mi primer cuento que trataba de un amor no correspondido -. No soy bueno para darte un consejo profesional pero la historia me gustó mucho – llevaba el cabello corto. Su mirada la tenía fija en mí y su maldita sonrisa acaparaba mis ojos. Como amaba a ese flaco espigado con su ancha espalda.
Estaba tan emocionada con sus palabras que tomé uno de sus cuadernos de la escuela para escribir lo que en ese momento se me vino a la mente y quería plasmarlo en algo.

Tus besos mis diálogos,
tus caricias mis personajes,
tu sonrisa mi inspiración…
Trátame suavemente.

-       ¿Me pides que te trate suavemente? – levanta la mirada después de leer ese pequeño poema que le había escrito.
-       Hazlo siempre y nunca me alejaré de ti.
-      Pero siempre lo hago – sonríe y me atrae hacia su pecho. Y en ese momento lo sentí tan mío, que prometí nunca dejarlo sin imaginar que seria él quien me dejaría.
Recuerdo la escena tan nítida como si hubiera ocurrido hace unos días. Ambos tan llenos de vida sin imaginar qué nos deparaba el futuro, pero que en ese instante nos juramos amor eterno mientras caminábamos de la mano rumbo a mi casa.
Me imaginaba compartiendo una vida, levantándome los fines de semana muy temprano para prepararle un jugo de fresa –su fruta favorita– porque minutos antes salió a cortar la yarda que rodeaba nuestra casa.
Lo amaba, amaba a ese flaco escuálido a pesar que mi madre decía que era un bueno para nada. A mí no me importaba y siempre creí que seria un buen padre para mis hijos.
Pero se fue cuando más lo necesitaba y siempre aparecía cuando menos lo esperaba.
Cuántas veces le pregunté los motivos de sus desapariciones cuando más creía que por fin seriamos felices. ¿Por qué siempre se negó a ser feliz a mi lado? Porque sabía que me quería y hasta la fecha puedo seguir afirmándolo.
Nunca me dijo una palabra, pero sé que en esta historia mi madre jugaba un papel importante y tarde o temprano encontraría la respuesta a esta interrogación por tanto años.
Leo y releo ese minúsculo poema que tengo en mis manos. Pero la principal interrogante era qué hacia el papel en uno de mis libros si el poema lo escribí para Leonardo que siempre llevaba el papel en su billetera.
-      Quizás te equivocaste de persona, y lo único que he hecho es tratarte mal. No soy la persona que te inspira y seria mejor que cuando lo encontraras repitas la escena que yo no diré que me lo escribiste primero – me diría la última vez que nos vimos colocando en la palma de mi mano la hoja de papel aún con su aroma.
Aquel estúpido gesto me destrozó el corazón; quise, intenté odiarlo por su inmadurez. ¿Cómo podía decir semejantes bobada? ¿Cómo podía creerse menos que los demás? Yo lo amaba sin importar su condición social. Me encantaba su manera de ser, ‘su maldita sonrisa’ –la culpable que hasta ahora me siga derritiendo por él– así haya tenido mil cicatrices en su cuerpo lo hubiera amado porque nosotras las mujeres no vemos el aspecto físico cuando el hombre es capaz de transmitirnos amor y confianza, y a su lado me sentía segura, me sentía completa.
Pero tampoco podía estar detrás de Leonardo toda mi vida, si había decidido alejarse de mí, lo aceptaba por los mil demonios que lo aceptaba, total hasta la fecha no había conocido mujer que se muriera por amor.
Acepté su partida, acepté que nunca nos volveríamos a ver, acepté que la única manera de darle sentido a mi vida era buscar otro hombre y formar la familia que Leonardo se había negado a dármela.
Cuando me enteré que salía con una mujer, me alegré mucho por él. Lo curioso es que Leonardo nunca me la presentó, no sé si esa fue su intención o fue el destino que quiso que yo misma la conociera.
Me encontraba en Los Ángeles presentando mi novela “El mar del olvido” cuando apareció una joven con el cuerpo escultural que al igual que las otras personas había formado la línea a la espera que le autografíe su libro.
Desde que la vi sentí una energía especial por ella, era como si tuviera algo que me pertenecía. Muy sonriente me entregó la novela y cuando escuché su nombre levanté ligeramente la mirada por debajo de mis cejas arqueadas.
-    Sí Juliana, soy la pareja de Leonardo, pero eso no impide que te siga admirando como escritora – su sonrisa perfecta que también se me quedaría grabada en la mente y no precisamente por ser especial o mágica sino porque era la que siempre mostraba en cada evento que realizaba.
Y sabía que su presencia en la librería era para presentarse como la mujer que ahora cuidaba de Leonardo, si lo sabré yo como somos nosotras cuando vemos que el hombre que tenemos por pareja merece exhibirlo.
-    Espera un momento por favor – le diría extrayendo un libro por debajo de la mesa -. Le obsequiaré mi novela a Leonardo – el comentario le sacaría de postura, miró a todos lados y esa sonrisa de comercial de pasta de dientes desapareció. Escribí una dedicatoria y se lo entregué -. Por los viejos tiempos – sonreí guiñándole un ojo.
Esa seria la única vez que saldría victoriosa porque luego ella cambiaria de táctica y optaría por buscar una amistad conmigo.
En un inicio no fue tan fácil entablar esa amistad que ella buscaba, pero era difícil evadirme de su presencia porque el setenta por ciento de eventos que se realizaban en Dallas eran organizados por su empresa.
Y no, nunca le tuve envidia, al contrario me parecía un buen punto a destacar porque fue Daniela quien realmente crió a Esteban y fue cuando comprendí que había ganado.
Nunca me lo sacó en cara, al contrario trataba de mantenerme al día de lo que hacia mi hijo, a pesar que mi corazón se estrujaba por no haber podido ser esa madre que Esteban hubiera deseado que fuera.
Pero así es la vida, los errores que cometes los pagas aquí mismo y ganarme el cariño de mi hijo no fue fácil, pero bien valió la pena porque ahora no podía dar un paso sin que él estuviera al tanto y las sorpresas en esta historia nunca dejan de aparecer.
Con el poema en mis manos me quedo dormida en el sofá; no sé por cuanto tiempo pero la bulla en la puerta me levanta de un brinco, es Esteban que llega con comida para la despensa y en mi mente esta presente que sólo faltan dos días para que se fuera de mi lado.
Se alegra al verme en el sofá y se dirige a la cocina.
-       ¿Y esas cajas? – pregunta.
-      Las trajo tu hermana. Eran algunas cosas que logró sacar de mi antigua casa cuando estuve en el hospital.
-     Viejos recuerdos me imagino – saca la cabeza para verme y yo abrazo con fuerza aquel papel -. Creo que di en el clavo – sonríe.
-      Algo – respondo con voz apagada -. ¿Y dónde andabas?
-      Con el hombre que alguna vez compartiste tu vida. El Romeo de tu historia.
-      Loco.
-     ¿Sabes? Siento que por fin está olvidando a Daniela, es por eso que me atreví a invitarlo a cenar.
-     ¿Qué? – me levanto del sofá y camino a la cocina -. ¿Invitaste a tu padre a cenar al departamento?
-     ¿Qué tiene de malo? ¿Se llevan bien no? – me pregunta mordiendo una manzana -. Mamá mañana viajo a las diez de la noche y que mejor despedida que una cena horas antes: tú, mi padre y Valeria.
Mi corazón bombea la sangre con mayor celeridad y mi mente repite una y otra vez el poema que alguna vez le escribí y que ahora no sabía si devolverle el papel o seguir buscando a esa persona que verdaderamente lo merezca. 

domingo, 11 de julio de 2010

EL ENCUENTRO CON MI HERMANA


Al medio día tenía a mis tres hijos en el departamento, todos con la misma preocupación, cómo afrontar a la prensa que desde temprano me asediaba por teléfono hasta que alguien les dio mi nueva dirección y ahora los veíamos por la ventaja de la calle con sus cámaras filmadoras y fotográficas.
Intentaron sacar alguna confesión a Rafael y Carmen, ambos se mostraron esquivos como si el problema no fuera con ellos, pero eso sí no se soltaron de la mano en ningún momento.
¿Qué pensaba hacer? No tenía la más mínima idea, lo que sí sabía es que no todo el tiempo iba a estar escondiéndome y más ahora que el secreto era de conocimiento público.
Hasta mi madre aparece en televisión gritando a los camarógrafos que dejaran en paz a los nuevos ‘tortolitos’.
“Ellos se amaron en secreto por más de veinte años, y ya era tiempo que su romance saliera a la luz”, les dice mirando a las cámaras sin ningún remordimiento.
-       ¿Pero en dónde queda Juliana Monte Cruz, su hija mayor? – interviene un reportero.
-        Ella ya es feliz con su profesión, sus novelas y sus personajes. No es pecado que su hermana también se haya fijado en el mismo hombre…
No termino de ver la entrevista porque Santiago apaga el televisor.
-      No necesitas escuchar estupideces – me dice mirándome a los ojos muy serio, pero a los pocos segundos sonríe con sus ojos redondos llenos de vida -. No quiero visitarte otra vez en el hospital.
Almendra no había hecho ningún comentario, al contrario se mantenía ocupada en la cocina hasta que no aguanta más y tira un plato al piso y el llanto de dolor inunda la casa. Corremos a verla pensando que algo le había pasado.
-        ¿Cómo puedes estar bien mamá? Yo ya no aguanto todo esto – me abraza muy fuerte -. Nunca fuiste mala con nadie, ¿por qué la vida te castiga de esta manera?
Esteban nos contempla desde la escalera que lleva al segundo piso y Santiago se sienta en una de las sillas del comedor. Sé que es un momento difícil para mí, pero no puedo doblegarme, no en estos instantes. Esteban me había devuelto la vida, mis otros dos hijos no son lo suficientemente maduros como para enfrentar a este tipo de cosas cuando son sus propios padres los que protagonizan esta novela pública.
-       ¿Por qué mi abuela te odia tanto? Por más que busco la respuesta no la encuentro – prosigue Almendra.
El golpeteo en la puerta nos toma por sorpresa a los cuatro.
-       ¿Esperan a alguien? – pregunta Esteban dirigiéndose a la salida, nadie dice nada. Observa por la ventana por unos segundos luego se vuelve a nosotros.
-        Esto es increíble, es Mónica Jiménez,  la reportera de Univisión.
Conocía a la chica, era la más bella de las periodistas del canal, y sabía sacar provecho a su profesión gracias a los grandes atributos físicos que poseía. Y antes que pudiera detener a Esteban, ya había salido no para saludarla sino para reclamarle el exceso de confianza que se había tomado. Almendra quiere seguirlo, pero Santiago la detiene.
-       Mírate cómo estás. Tu estado no ayudará en nada a mamá.
Por la ventana vemos que Esteban trata de alejar a Mónica ante la sorpresa de los demás reporteros que se habían quedado en la calle.
-       ¡No grabes cabrón, que te puedo denunciar por invadir propiedad privada! – la voz enérgica de Esteban sorprende a la reportera que esperaba arrancarle una confesión.
Pero esto no podía seguir, si mi novela personal se había hecho pública, era tiempo de terminarla y quién mejor que yo.
-      Espérenme un momento – les digo a mis dos hijos y salgo al porche. Los camarógrafos al reconocerme alistan sus equipos. Mónica intenta regresar, pero Esteban la detiene al igual que a su camarógrafo.
-      ¿Qué estás haciendo aquí? – hago que no escucho a mi hijo y camino hacia donde estaban los reporteros -. Aquí estoy para responder a todas sus inquietudes – les digo con una leve sonrisa. No sabía que sucedería en los siguientes minutos, lo único que quería era que todos me dejaran tranquila de una vez.

Respondí a la mayoría de sus preguntas, desde las más suaves hasta las más morbosas. Ellos quería melodrama, verme flaquear, mostrar al público a una mujer destrozada por la infidelidad de su marido, pero no fue así. Mi edad tuvo que ver mucho en sus preguntas, dudaban que a mis cuarenta y ocho años pudiera reiniciar una vida.
-   Amigo me han sacado los cuernos, no el corazón – le dije a un reportero de gestos poco varoniles. La respuesta tomó por sorpresa a todos, pero el mensaje era claro.
Sobreviví a un intento de suicidio, a un paro cardiaco, había enfrentado a mi madre, entonces podía decir que ya estaba curada para cualquier cosa que los medios intentaran decir en sus notas.
Reconocí que mi matrimonio nunca estuvo bien, que descubrir el romance de mi hermana con Rafael sí me afectó, pero eso no significaba que me volvería una indigente. Tenía mi orgullo y mi profesión para seguir adelante. No dependía de nadie, mis hijos estaban grandes, y contaba con su apoyo.
Que tenía muchos proyectos a futuro que no se podían truncar porque mi matrimonio se vino abajo. Y cuando me preguntaron si tenía a alguien en lista, no les respondí con palabras sino que bastó una sonrisa picara para dejar a todos esos malditos curiosos con las ganas de saber más, pero fue cuando decidí regresar al departamento.

Por la noche, los noticieros divulgan las imágenes. Algunos más sarcásticos que otros, pero a todos les había dejado con la duda por saber quién era el hombre porque mi semblante era muy resplandeciente y no el que esperaban mostrar en pantalla.
-       ¿Contentos? – les digo a mis hijos en la sala que estaban acompañados de Valeria que había llegado minutos antes para darme apoyo emocional.
-      Los reporteros se fueron, la calle está desierta, los dueños de los departamentos no te pondrán una multa por alterar el orden público. Suena bien para todos, pero al igual que los reporteros deseo saber el nombre de ese afortunado hombre…
-      ¡Oh por Dios tenia que aparecer Esteban el guionista! – Almendra palmea el hombro de su hermano con una sonrisa.
-       ¿Es que no saben que su suegro vino a visitarla?
Mis dos hijos menores se miran sorprendidos.
-      ¡Mamá…! Es la mejor noticia que he escuchado y yo que pensé que lo que dijiste a esos reporteros era mentira.
-        Y lo es, no tengo a nadie, tu suegro es sólo eso: tu suegro y padre de Esteban, nada más – les digo sabiendo que les estaba aguando las esperanzas, pero era así, y no lo decía por amargada, si no porque con Leonardo no había nada y era mejor no ilusionar a mis tres hijos.
-      Vamos mamá que te conozco – aparece la ‘maldita sonrisa’ que intento borrar de mi mente, pero no puedo. -. Pero mejor dejemos que el tiempo hable por si solo.
-        ¿Y tú no piensas decirme nada? – pregunto a Santiago que disfruta lo que dicen sus hermanos.
-       Te sacaron los cuernos, no el corazón – recuerda mi frase -. Y lo que opine no importa. Tienes todo el derecho de ser feliz con Leonardo o cualquier hombre que aparezca en tu vida. Te ganaste ese derecho.
Las palabras de mi hijo me agujerean el corazón. Controlo mis sentimientos para no llorar, pero veo a Valeria que se le escapan las lágrimas.
-       Tienes unos hijos asombrosos – me dice -. Y como me dijiste, nuestro encuentro no fue casualidad lo quiso el destino y estoy segura que también el destino te pondrá a la persona correcta en tu vida.
Fue suficiente para ésta mujer acostumbraba a escribir ese tipo de palabras en mis novelas y escucharlas de personas reales hacen que mi corazón se hinche de emoción. Y si semanas pasadas era la mujer más desdichada, ahora era la mujer más feliz.

Pero en este mundo masoquista donde las personas no pueden ver a otras felices tenía que sentar los pies sobre la tierra. Había ganado la primera batalla, la prensa ya no me fastidiaría tanto, o al menos eso es lo que pienso. A la mañana siguiente aparece Bruno tan desesperado, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
-        Cuando te vi en la televisión, casi me desmayo. Creí que era tu fin como escritora, pero ocurrió todo lo contrario, la editorial no ha parado de contestar llamadas de las librerías. Todas quieren tenerte en sus locales presentando tu nueva novela y desde ya la editorial aumento el número de tirajes.
-       El melodrama vende, así sea a costillas del sufrimiento de la autora – interviene Esteban.
-      Tú te callas que este asunto es entre tu madre y yo – responde Bruno con un gesto gracioso. Esteban me besa en la frente para despedirse. Seguía apoyando a su padre en sus restaurantes.
-      Si pasa algo no dudes en llamarme – me dice y desaparece sin despedirse de Bruno.
-      Si no fuera porque sigo enamorado de su porte tan varonil hace tiempo lo hubiera mandado al diablo. Pero a lo nuestro señora, que no tenemos tiempo para corazones rotos.
Pero conocía a Bruno, y antes de sentarnos a platicar ya estaba a mi lado para implorarme que le contara cómo fue que me animé a enfrentar a la prensa.
A las dos horas teníamos todo listo para presentar mi nueva novela aquí en Dallas, así lo había decidido la editorial y Bruno.
-  Converse con la biblioteca de Dallas y no tienen problemas en prestarnos el auditorio con capacidad para trescientas personas – me dice muy emocionado.
-    ¿Y crees que lo llenemos?
-   Eres la mujer de moda señora, tu rostro ha salido en todos los programas de televisión y tu foto se ha paseado en todos los diarios de aquí y otros estados y ni que decir que la noticia ya dio la vuelta al mundo y no te sorprenda que cuando vayamos a México o España te ametrallen con las preguntas de la infidelidad de Rafael.
-  El maldito Internet con el Facebook encabezando la lista de intercambio de chismes – sonrío por cómo ahora se maneja las noticias. Bastaba un clip en la computadora para que un chisme lo sepan millones de usuarios en esa dichosa página de red social más grande del planeta.
-   Mamita el escándalo vende, ya ves a tantos famosos sacando sus trapitos al aire y en lugar de decaer en la humillación sus escándalos se convierten en minas de oro.
-   Bravo descubriste la pólvora – ironizo dirigiéndome a la cocina por un vaso de agua, Bruno me sigue.
-   Si vamos a brindar no será con agua mamita – abre la puerta del refrigerador para sacar dos coronas que días antes había comprado Esteban.
-   ¿Estás loco? Sabes que no bebo.
-   Y a mí me gustan las mujeres con grandes senos – satiriza -. Te mereces este brindis aunque lo bueno seria brindar con un buen vino o güisqui, pero conociendo lo corriente que es tu hijo lo haremos con estas cervezas de dos centavos – sonríe y a los pocos minutos se despide.
Había quedado en recoger a Valeria en su trabajo, pero quise adelantarme un par de horas para escribir el primer borrador de mi siguiente novela.

La West Village es uno de los bulevares más concurrido de la ciudad y estaba a unas cuadras de mi casa. Emprendo la caminata con mi laptop en la bolsa. Días antes Valeria me había enseñado toda la zona y lo increíble era que no necesitabas de un coche, todo lo podías hacer a pie, y a mi edad con tantas cosas en la cabeza me caía muy bien ejercitar mis piernas.
Pero no me canso de decir que los buenos momentos por el que puede atravesar una persona nunca duran tanto tiempo, siempre aparecen obstáculos que impiden que continúes sonriendo y ese era mi caso cuando veo bajar de un coche conocido a mi hermana. No con aire triunfante sino con cara de pocas amigas.
Siempre creí que cuando ocurriera este encuentro no resistiría verla a la cara y terminaría huyendo, pero no fue así, voy a su encuentro.
-         ¿Te perdiste o que te pasó? – sigue imitando mi peinado –esponjoso y despeinado. Lleva puesto un suéter que meses atrás era mío. No sólo me había robado a mi marido sino también mi ropa y ahora quería robarme mi identidad.
-       ¿Por qué sigues sonriendo? – muestra sus dientes y se coloca frente a mí en pose desafiante.
-        ¿Acaso piensas golpearme porque sigo sonriendo? – sus ojos llenos de rabia son tan idénticos a los de mi madre -. Ya tienes lo que querías, ¿o es que te falta algo más por quitarme?
Carmen estaba poseída por la ira y si no aparecía alguien será capaz de descuartizarme.
-       Lo que quiero es que siempre sufras. Tú no mereces ser feliz, sólo yo – adelanta unos pasos y yo retrocedo otros.
-       ¿Y qué te impide serlo? Ya tienes a Rafael – trato de mantenerme calmada mientras por dentro pido ayuda a gritos.
-      Quiero saber quién es ese hombre al cual mencionaste a los reporteros – aquel pedido me arranca una carcajada -. Sé que no es Leonardo, ¿quién es? Tú no mereces ser feliz.
-      Sí que estás loca, si tú eres feliz yo también merezco serlo – trato de esquivarla para continuar mi camino, pero no contaba que sacaría un arma de su bolso y mi corazón deja de latir al ver que apuntaba a mi pecho…

domingo, 27 de junio de 2010

MI MADRE OTRA VEZ...

Las bolsas que ayudaba a cargar a Valeria se escurren de mis manos, ninguno de mis músculos responde a mi cerebro. Ellos disfrutaban a carcajadas su relación al aire libre, venían abrazos, y esos rasgos de Carmen tan parecidos a los míos le ayudan a Valeria a reconocerla como mi hermana. La muy desgraciada llevaba mi mismo peinado –raya al centro y los cabellos medios despeinados– quería, quiere parecerse a mí. Pero su alegría se apaga cuando me tienen al frente. Ella baja la mirada y Rafael acelera el paso. No digo nada, no tengo el valor de gritarles. Las perversas lágrimas se me adelantan y siento que a mi corazón le clavan otra vez la puñalada. Allí me quedo hecha una estatua.
-   ¡Váyanse por favor! ¡Largo, largo! – escucho la voz de Valeria muy lejana a pesar de tenerla a unos centímetros, luego todo queda en silencio. Quería desaparecer del lugar. Valeria seguía gritándoles. Al tenerlos muy lejos me abraza y tomamos el camino contrario. Mis piernas responden por inercia, era como si Valeria me estuviera sacando de un campo de batalla donde las bombas me habían dejado completamente sorda.
Mientras retornamos a casa Valeria no pregunta nada, su mirada la mantiene al frente. Bajamos del auto e ingresamos a mi departamento. Esteban se encontraba en la cocina y no necesita preguntar para saber qué algo había pasado. Corro a sus brazos y las lágrimas regresan a mis ojos como una avalancha.
-          Los vi juntos, los vi juntos – le digo.
¿Cómo la vida puede ser tan irónica? Me había acostumbrado a ser la escritora de mis personajes e historias, pero nunca imaginé ser la protagonista de mi propia novela.
No recuerdo a qué hora me quedé dormida, pero cuando me levanto ya era de día y estaba en mi cama con Valeria sentada en una silla que había traído de la sala. Al verme despertar deja de leer la novela que encontró sobre mi mesa de noche.
-      Esteban me pidió que cuidara de ti, tenía que ayudar a su padre en algunas cosas – sus gestos eran tan naturales que no parecía estar a la espera de una explicación.
-       Valeria yo…
-        Por favor Juliana, no tienes que decir nada ya habrá tiempo para conversar, mi barriga sigue creciendo y hoy sentí la primera patadita – me dice muy alegre rompiendo la tensión que existía en la habitación. Me acerco a ella, llevo mi mano derecha a su barriga y luego mi mejilla para sentir al pequeño que empezaba a crecer dentro de su vientre. Aquel sentimiento de madre vuelve a mí y a los diez minutos estábamos en la sala preparándonos el desayuno.
Esta muchachita sin querer apareció en mi vida y en ese instante comprendí para qué. Necesitaba a alguien en quien confiar, alguien que estuviera allí cuando la necesitara y era ella, ésta muchachita inmadura a quien la vida le había tratado mal años atrás y desde ya podía decir que en adelante no pensaba abandonarla.
No tenía a ningún familiar aquí, pronto daría luz y necesitaría a alguien que estuviera a su lado en el parto, viendo que nada le pasara y yo estaría allí. Será como una hija para mí.
-      Sabes que tu hijo es muy simpático – me dice mientras disfrutamos del café y unos huevos estrellados con tostadas. Y lo último que había pensado de tratarla como a una hija me llevaría tiempo si es que le había echado ojo a Esteban.
-        Es la viva imagen de su padre – comento muy extrañada por tal sinceridad.
-      Tienes mucha suerte de tener a un hijo que se preocupe tanto por ti. A propósito no me dijiste que si era el único ¿o tienes más?
-      Esteban es mi primer hijo. Y con mi aún esposo tengo dos: Almendra y Santiago, pero ambos ya tienen sus compromisos.
-        ¿Y son tan atractivos cómo Esteban?
-        Para mí los tres son bellos – sonrío ante la curiosa pregunta y me tomo el tiempo de ir por el álbum de fotos de la última navidad que pasé con ellos.
Valeria observa las fotos con detenimiento, no pregunta por las parejas de mis hijos y es lo mejor porque no tenía la paciencia para explicarle todo el revoltijo sobre las relaciones de mis hijos con los de Leonardo. Pero luego de ver a Santiago y compararlo con Esteban su veredicto final sigue siendo que mi primer hijo era el más simpático. Una comparación que me apena un poco por ser la madre de ambos y yo nunca podría compararlos. Amaba a los dos por igual a pesar que tenía una deuda eterna con Esteban.
Pero lo mejor era que Valeria me caía bien, era de confianza como para abrirle mi corazón. Y a los pocos minutos le empiezo a contar toda la historia.
La dejo atónita, parece que mi historia la impresionó más que mis novelas y cuando se disponía a hablar el golpeteo en la puerta nos sorprende a ambas.
-         ¿Esperas a alguien?
-       Yo que sepa no, nadie sabe que vivo aquí – respondo muy extrañada. Tampoco habíamos pedido alguna comida a domicilio.
-       Quién sabe son los hombres de mantenimiento de los departamentos. Al mío han ido un par de veces. ¿Abro? – con un ademán le digo que sí, pero nunca imaginé que seria mi madre.
-      Quiero hablar contigo a solas – exige haciendo a un lado a Valeria para ingresar a la casa. Cómo consiguió mi dirección no lo sabía, cómo no sabía sobre qué quería hablar conmigo después de lo que pasó en el hospital.
-                La última vez que hablaste conmigo casi me ocasionas un paro cardiaco y todavía tienes el valor de venir a verme al único lugar dónde creía estar a salvo de ti y Carmen.
Parece no escuchar y sigue parada con su delgado cuerpo junto a los muebles.
-                ¿Sigues viva no? Y por lo que veo estás más fuerte – su voz apática y su rostro esquelético no muestra ningún signo de arrepentimiento -. Y te repito necesito hablar contigo a solas – y esta vez recalca la frase dándole una mirada de desprecio a Valeria.
-      Valeria quédate por favor – le digo cuando se disponía salir -. Te presento a Bernarda, mi madre.
-       Pero… si esto es una conversación personal, estaré en tu cuarto – me dice avergonzada al no recibir algún saludo de mi madre y cruza la sala apresurada para dirigirse a mi habitación.
-        ¿Ahora dime qué te trae por aquí?
-         Carmen me dijo que se encontraron en un mall.
-      Ah ya veo por dónde va la cosa – bebo un sorbo de café. Necesito tener las manos ocupadas y controlar los nervios y el café me ayudará.
-        Estoy segura que en adelante te chocaras con ellos muy seguido y seria bueno que te acostumbres y dejes de llorar cada vez que los veas juntos.
-       ¿Y para eso viniste a verme? A darme un consejo de cómo debo enfrentar a mi hermana y a mi ex esposo.
-      Sólo trato de ayudarte. A propósito, ¿quién es esa mocosa que ya tiene la barriga hinchada?
-       Una amiga.
-       Me recuerda a ti cuando te dejaste embarazar muy niña. Ahora veo la conexión, no vi el anillo de casada en su dedo, significa que también es madre soltera. Que lástima.
-       Ese no es tu problema. Y de una vez dime qué quieres – odiaba sus comentarios tan venenosos. ¿Cómo una madre puede irradiar tanta energía negativa?
-       Necesito dinero – lanza las palabras desviando la mirada -. Ninguna de las tarjetas me sirve.
Suelto una carcajada. ¿Cómo se puede llegar a ser tan sinvergüenza en esta vida? Y lo de las tarjetas, claro, las había cancelado.
-       ¿Ahora si soy tu hija no? La única estúpida que trabaja y que tiene la obligación de mantener a su familia.
-       Soy tu madre – da unos pasos hacia mí -. Y también tengo gastos.
-         ¿Los tienes tú, o los tiene Carmen? Hace unos meses me pediste dinero para comprarte ropa y te veo con la misma, pero el ropero de tu hija querida nunca deja de crecer – dejo escapar otra carcajada al comprender todo.
Cuando vi a Carmen con Rafael no cargaban bolsa alguna. Las tiendas rechazaron las dos tarjetas que usaba mi madre.
- Me pediste quedarte en mi casa y acepté, como acepté pagar los gastos que genera vivir en ella y ahora vienes a pedirme más dinero porque a tu hija no le gusta trabajar.
-         Ella necesita estar siempre bella para Rafael.
-         ¿Eso incluye imitar mi manera de vestir y peinar?
-       No la juzgues, ella merece ser feliz.
-        Y lo puede hacer, pero ya no a mis costillas. Me quitó a mi marido, ahora también quiere que la mantenga para que no la abandoné. Que ambos se vayan a la mierda y eso te incluye a ti también! – no sé de dónde me salen esas palabras, pero mi paciencia se había acabado -. Ahora si no es problema quiero estar sola.
-         ¡Pero necesito el dinero!
-       Lo siento, tienes a una hija de cuarenta y cinco años que puede trabajar y un yerno con un buen trabajo.
-        Rafael también se acaba de quedar sin trabajo – me suelta la noticia -, y ahora está viviendo con nosotras. Ambos están afuera esperándome. La confesión me levanta de la silla, me acerco a la ventana y veo la camioneta de Rafael.
No sé si la vida es justa o no, pero ahora al menos podía sonreír al saber que no era la única que estaba jodida emocionalmente. Las personas que me hicieron tanto daño empezaban a pagar y por primera vez no me dejo doblegar y abro la puerta.
-       Yo no soy su banco. Y no hay nada más que hablar. Decidiste estar del bando equivocado, entonces sufre las consecuencias.
-        Pero soy tu madre y no puedes hacerme esto.
-       Yo soy tu hija y no te importó el dolor que me causaste. Vete, ¡vete! – al no moverse subo la voz. Ella me lanza una mirada de odio, la que nunca había visto, un odio tan fuerte que casi logra someterme, pero no. Si iba a escribir mi propia historia entonces tenía que actuar con valentía, tal cual lo hacían mis personajes principales y cierro la puerta de un golpe cuando mi madre estuvo fuera. Nadie nunca más me iba a pisotear en el piso como a un chicle.