domingo, 11 de julio de 2010

EL ENCUENTRO CON MI HERMANA


Al medio día tenía a mis tres hijos en el departamento, todos con la misma preocupación, cómo afrontar a la prensa que desde temprano me asediaba por teléfono hasta que alguien les dio mi nueva dirección y ahora los veíamos por la ventaja de la calle con sus cámaras filmadoras y fotográficas.
Intentaron sacar alguna confesión a Rafael y Carmen, ambos se mostraron esquivos como si el problema no fuera con ellos, pero eso sí no se soltaron de la mano en ningún momento.
¿Qué pensaba hacer? No tenía la más mínima idea, lo que sí sabía es que no todo el tiempo iba a estar escondiéndome y más ahora que el secreto era de conocimiento público.
Hasta mi madre aparece en televisión gritando a los camarógrafos que dejaran en paz a los nuevos ‘tortolitos’.
“Ellos se amaron en secreto por más de veinte años, y ya era tiempo que su romance saliera a la luz”, les dice mirando a las cámaras sin ningún remordimiento.
-       ¿Pero en dónde queda Juliana Monte Cruz, su hija mayor? – interviene un reportero.
-        Ella ya es feliz con su profesión, sus novelas y sus personajes. No es pecado que su hermana también se haya fijado en el mismo hombre…
No termino de ver la entrevista porque Santiago apaga el televisor.
-      No necesitas escuchar estupideces – me dice mirándome a los ojos muy serio, pero a los pocos segundos sonríe con sus ojos redondos llenos de vida -. No quiero visitarte otra vez en el hospital.
Almendra no había hecho ningún comentario, al contrario se mantenía ocupada en la cocina hasta que no aguanta más y tira un plato al piso y el llanto de dolor inunda la casa. Corremos a verla pensando que algo le había pasado.
-        ¿Cómo puedes estar bien mamá? Yo ya no aguanto todo esto – me abraza muy fuerte -. Nunca fuiste mala con nadie, ¿por qué la vida te castiga de esta manera?
Esteban nos contempla desde la escalera que lleva al segundo piso y Santiago se sienta en una de las sillas del comedor. Sé que es un momento difícil para mí, pero no puedo doblegarme, no en estos instantes. Esteban me había devuelto la vida, mis otros dos hijos no son lo suficientemente maduros como para enfrentar a este tipo de cosas cuando son sus propios padres los que protagonizan esta novela pública.
-       ¿Por qué mi abuela te odia tanto? Por más que busco la respuesta no la encuentro – prosigue Almendra.
El golpeteo en la puerta nos toma por sorpresa a los cuatro.
-       ¿Esperan a alguien? – pregunta Esteban dirigiéndose a la salida, nadie dice nada. Observa por la ventana por unos segundos luego se vuelve a nosotros.
-        Esto es increíble, es Mónica Jiménez,  la reportera de Univisión.
Conocía a la chica, era la más bella de las periodistas del canal, y sabía sacar provecho a su profesión gracias a los grandes atributos físicos que poseía. Y antes que pudiera detener a Esteban, ya había salido no para saludarla sino para reclamarle el exceso de confianza que se había tomado. Almendra quiere seguirlo, pero Santiago la detiene.
-       Mírate cómo estás. Tu estado no ayudará en nada a mamá.
Por la ventana vemos que Esteban trata de alejar a Mónica ante la sorpresa de los demás reporteros que se habían quedado en la calle.
-       ¡No grabes cabrón, que te puedo denunciar por invadir propiedad privada! – la voz enérgica de Esteban sorprende a la reportera que esperaba arrancarle una confesión.
Pero esto no podía seguir, si mi novela personal se había hecho pública, era tiempo de terminarla y quién mejor que yo.
-      Espérenme un momento – les digo a mis dos hijos y salgo al porche. Los camarógrafos al reconocerme alistan sus equipos. Mónica intenta regresar, pero Esteban la detiene al igual que a su camarógrafo.
-      ¿Qué estás haciendo aquí? – hago que no escucho a mi hijo y camino hacia donde estaban los reporteros -. Aquí estoy para responder a todas sus inquietudes – les digo con una leve sonrisa. No sabía que sucedería en los siguientes minutos, lo único que quería era que todos me dejaran tranquila de una vez.

Respondí a la mayoría de sus preguntas, desde las más suaves hasta las más morbosas. Ellos quería melodrama, verme flaquear, mostrar al público a una mujer destrozada por la infidelidad de su marido, pero no fue así. Mi edad tuvo que ver mucho en sus preguntas, dudaban que a mis cuarenta y ocho años pudiera reiniciar una vida.
-   Amigo me han sacado los cuernos, no el corazón – le dije a un reportero de gestos poco varoniles. La respuesta tomó por sorpresa a todos, pero el mensaje era claro.
Sobreviví a un intento de suicidio, a un paro cardiaco, había enfrentado a mi madre, entonces podía decir que ya estaba curada para cualquier cosa que los medios intentaran decir en sus notas.
Reconocí que mi matrimonio nunca estuvo bien, que descubrir el romance de mi hermana con Rafael sí me afectó, pero eso no significaba que me volvería una indigente. Tenía mi orgullo y mi profesión para seguir adelante. No dependía de nadie, mis hijos estaban grandes, y contaba con su apoyo.
Que tenía muchos proyectos a futuro que no se podían truncar porque mi matrimonio se vino abajo. Y cuando me preguntaron si tenía a alguien en lista, no les respondí con palabras sino que bastó una sonrisa picara para dejar a todos esos malditos curiosos con las ganas de saber más, pero fue cuando decidí regresar al departamento.

Por la noche, los noticieros divulgan las imágenes. Algunos más sarcásticos que otros, pero a todos les había dejado con la duda por saber quién era el hombre porque mi semblante era muy resplandeciente y no el que esperaban mostrar en pantalla.
-       ¿Contentos? – les digo a mis hijos en la sala que estaban acompañados de Valeria que había llegado minutos antes para darme apoyo emocional.
-      Los reporteros se fueron, la calle está desierta, los dueños de los departamentos no te pondrán una multa por alterar el orden público. Suena bien para todos, pero al igual que los reporteros deseo saber el nombre de ese afortunado hombre…
-      ¡Oh por Dios tenia que aparecer Esteban el guionista! – Almendra palmea el hombro de su hermano con una sonrisa.
-       ¿Es que no saben que su suegro vino a visitarla?
Mis dos hijos menores se miran sorprendidos.
-      ¡Mamá…! Es la mejor noticia que he escuchado y yo que pensé que lo que dijiste a esos reporteros era mentira.
-        Y lo es, no tengo a nadie, tu suegro es sólo eso: tu suegro y padre de Esteban, nada más – les digo sabiendo que les estaba aguando las esperanzas, pero era así, y no lo decía por amargada, si no porque con Leonardo no había nada y era mejor no ilusionar a mis tres hijos.
-      Vamos mamá que te conozco – aparece la ‘maldita sonrisa’ que intento borrar de mi mente, pero no puedo. -. Pero mejor dejemos que el tiempo hable por si solo.
-        ¿Y tú no piensas decirme nada? – pregunto a Santiago que disfruta lo que dicen sus hermanos.
-       Te sacaron los cuernos, no el corazón – recuerda mi frase -. Y lo que opine no importa. Tienes todo el derecho de ser feliz con Leonardo o cualquier hombre que aparezca en tu vida. Te ganaste ese derecho.
Las palabras de mi hijo me agujerean el corazón. Controlo mis sentimientos para no llorar, pero veo a Valeria que se le escapan las lágrimas.
-       Tienes unos hijos asombrosos – me dice -. Y como me dijiste, nuestro encuentro no fue casualidad lo quiso el destino y estoy segura que también el destino te pondrá a la persona correcta en tu vida.
Fue suficiente para ésta mujer acostumbraba a escribir ese tipo de palabras en mis novelas y escucharlas de personas reales hacen que mi corazón se hinche de emoción. Y si semanas pasadas era la mujer más desdichada, ahora era la mujer más feliz.

Pero en este mundo masoquista donde las personas no pueden ver a otras felices tenía que sentar los pies sobre la tierra. Había ganado la primera batalla, la prensa ya no me fastidiaría tanto, o al menos eso es lo que pienso. A la mañana siguiente aparece Bruno tan desesperado, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
-        Cuando te vi en la televisión, casi me desmayo. Creí que era tu fin como escritora, pero ocurrió todo lo contrario, la editorial no ha parado de contestar llamadas de las librerías. Todas quieren tenerte en sus locales presentando tu nueva novela y desde ya la editorial aumento el número de tirajes.
-       El melodrama vende, así sea a costillas del sufrimiento de la autora – interviene Esteban.
-      Tú te callas que este asunto es entre tu madre y yo – responde Bruno con un gesto gracioso. Esteban me besa en la frente para despedirse. Seguía apoyando a su padre en sus restaurantes.
-      Si pasa algo no dudes en llamarme – me dice y desaparece sin despedirse de Bruno.
-      Si no fuera porque sigo enamorado de su porte tan varonil hace tiempo lo hubiera mandado al diablo. Pero a lo nuestro señora, que no tenemos tiempo para corazones rotos.
Pero conocía a Bruno, y antes de sentarnos a platicar ya estaba a mi lado para implorarme que le contara cómo fue que me animé a enfrentar a la prensa.
A las dos horas teníamos todo listo para presentar mi nueva novela aquí en Dallas, así lo había decidido la editorial y Bruno.
-  Converse con la biblioteca de Dallas y no tienen problemas en prestarnos el auditorio con capacidad para trescientas personas – me dice muy emocionado.
-    ¿Y crees que lo llenemos?
-   Eres la mujer de moda señora, tu rostro ha salido en todos los programas de televisión y tu foto se ha paseado en todos los diarios de aquí y otros estados y ni que decir que la noticia ya dio la vuelta al mundo y no te sorprenda que cuando vayamos a México o España te ametrallen con las preguntas de la infidelidad de Rafael.
-  El maldito Internet con el Facebook encabezando la lista de intercambio de chismes – sonrío por cómo ahora se maneja las noticias. Bastaba un clip en la computadora para que un chisme lo sepan millones de usuarios en esa dichosa página de red social más grande del planeta.
-   Mamita el escándalo vende, ya ves a tantos famosos sacando sus trapitos al aire y en lugar de decaer en la humillación sus escándalos se convierten en minas de oro.
-   Bravo descubriste la pólvora – ironizo dirigiéndome a la cocina por un vaso de agua, Bruno me sigue.
-   Si vamos a brindar no será con agua mamita – abre la puerta del refrigerador para sacar dos coronas que días antes había comprado Esteban.
-   ¿Estás loco? Sabes que no bebo.
-   Y a mí me gustan las mujeres con grandes senos – satiriza -. Te mereces este brindis aunque lo bueno seria brindar con un buen vino o güisqui, pero conociendo lo corriente que es tu hijo lo haremos con estas cervezas de dos centavos – sonríe y a los pocos minutos se despide.
Había quedado en recoger a Valeria en su trabajo, pero quise adelantarme un par de horas para escribir el primer borrador de mi siguiente novela.

La West Village es uno de los bulevares más concurrido de la ciudad y estaba a unas cuadras de mi casa. Emprendo la caminata con mi laptop en la bolsa. Días antes Valeria me había enseñado toda la zona y lo increíble era que no necesitabas de un coche, todo lo podías hacer a pie, y a mi edad con tantas cosas en la cabeza me caía muy bien ejercitar mis piernas.
Pero no me canso de decir que los buenos momentos por el que puede atravesar una persona nunca duran tanto tiempo, siempre aparecen obstáculos que impiden que continúes sonriendo y ese era mi caso cuando veo bajar de un coche conocido a mi hermana. No con aire triunfante sino con cara de pocas amigas.
Siempre creí que cuando ocurriera este encuentro no resistiría verla a la cara y terminaría huyendo, pero no fue así, voy a su encuentro.
-         ¿Te perdiste o que te pasó? – sigue imitando mi peinado –esponjoso y despeinado. Lleva puesto un suéter que meses atrás era mío. No sólo me había robado a mi marido sino también mi ropa y ahora quería robarme mi identidad.
-       ¿Por qué sigues sonriendo? – muestra sus dientes y se coloca frente a mí en pose desafiante.
-        ¿Acaso piensas golpearme porque sigo sonriendo? – sus ojos llenos de rabia son tan idénticos a los de mi madre -. Ya tienes lo que querías, ¿o es que te falta algo más por quitarme?
Carmen estaba poseída por la ira y si no aparecía alguien será capaz de descuartizarme.
-       Lo que quiero es que siempre sufras. Tú no mereces ser feliz, sólo yo – adelanta unos pasos y yo retrocedo otros.
-       ¿Y qué te impide serlo? Ya tienes a Rafael – trato de mantenerme calmada mientras por dentro pido ayuda a gritos.
-      Quiero saber quién es ese hombre al cual mencionaste a los reporteros – aquel pedido me arranca una carcajada -. Sé que no es Leonardo, ¿quién es? Tú no mereces ser feliz.
-      Sí que estás loca, si tú eres feliz yo también merezco serlo – trato de esquivarla para continuar mi camino, pero no contaba que sacaría un arma de su bolso y mi corazón deja de latir al ver que apuntaba a mi pecho…

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